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“Ilegible, hijo de Flauta”

Juan Larrea y Luis Buñuel, ca. 1925

 

I

Observada por el ojo, la mano se mueve en un trazo que repite línea, trama, degradado y textura, otra vez, muchas veces, todo el tiempo, la huella de una punta que arranca dibujo a la superficie de metal, de linóleo, de madera, donde es deseo de la mirada discernir en la sombra las luces de una imagen adivinada por él, por ella, por quien mueve la mano, quien observa, quien adivina: al fondo de la memoria en los ojos de ella, de él, está el campo de todo lo visto, la tradición de un oficio, la obra del compañero, del maestro, del rival, los grandes amores del ojo, la pasión que lleva fatalmente a cuajar la imagen viva a partir del misterio de forjar matrices de sombras sobre la placa, y morderla con la lija, el ácido o de plano el electrochoque, para entonces, en el tormento circular de la prensa, celebrar esas cópulas enfangadas de tinta de las que nacen las estampas, y el corazón de él, de ella, conoce un momento de plenitud y de zozobra mientras mira la prueba, sufre sorpresas, y vive algún encuentro insospechado y feliz, y una sensación de pérdida, porque eso ya existe y tal vez sea un milagro o no lo sea, y hará prodigios o no los hará, pero se acabó para ella, para él, no queda sino preparar otra placa, trazar, recomponer con la línea el antiguo dilema de figura y fondo, conjurar volúmenes y luces de las sombras, y mover la mano en la misma danza, una eternidad en eso, usando el olfato y la intuición y todo otra vez, una y otra vez: cada acción un gesto que nunca se volverá a repetir.

La operación del ojo que explora lo visible de la obra no es menos misteriosa que la imaginación del autor. Observa, busca, cree encontrar algo; se deja seducir por un detalle, un aspecto donde se prende y excita. Extiende la mirada sobre el conjunto, se empapa de la imagen, en el mejor de los casos con un abandono que tiene algo de amoroso lance, hasta que la memoria resuena con resplandor de objeto viviente, autónomo, inquieto, que no cesa de insistir en su pregunta, nunca exactamente la misma. La elocuencia particular de cada obra, las afinidades y limitaciones del ojo que la mira, dan forma a ese operar de la visión en que el amor humano llega a conocer sus más altos vuelos.

En la gráfica, forma creada por la magia inmemorial de la impresión, desde los rudos sellos primitivos hasta los dibujos de finura extrema y pura delicadeza, se dispara este juego del ojo que encuentra sus pequeños placeres y amores extraños. El universo de la creación gráfica, en que el artista labra directamente sus placas, ofrece laberintos más complicados –y más interesantes en términos de técnica y de intuición– que los de otras formas visuales, pues exige lograr una perfección de lenguaje llena de astucias y duplicidades con la sombra, pero también una pureza de visión, y una firme resistencia espiritual para aguantar los rigores de la mano que produce la imagen al engendrar su negación.

II

Creo haber experimentado los más potentes éxtasis de contemplación visual de mi vida frente a grabados. En la adolescencia, la gráfica de Goya –Los caprichos y Los desastres, vista en el Museo del Prado– me cambió la vida. Sin embargo, sé poco de las técnicas del grabado, fuera de lo más general. Tampoco me ha interesado estar demasiado al tanto de las novedades en el mundo de las artes visuales y sus tendencias. Desde esta perspectiva poco experta, pido licencia para celebrar con mis entusiasmos la fiesta para la mirada que propone la muestra GrabadoGrabado.

Con libertad y desenfado ejemplares, un grupo de grabadores de Cuernavaca ha organizado un reventón de gráfica de pequeño formato, Reventón de noventa brotes florales de talla menuda, tan pródiga en obras maestras nacidas del tórculo. Por lo que aquí se ve, puede darse fe de su enjundiosa vida sobrenatural y de una marcada diversidad de modos de trabajar los campos de la forma. Entre los autores hay maestros cuya obra goza de prestigio internacional y también artistas jóvenes, uno de ellos declaradamente primerizo. Seis de los veinte autores incluidos están haciendo obra dentro del campo post moderno conceptual; los demás ofrecen obra imaginista, algunos en franca conversación con los clásicos de la forma. Sorprende la gran maestría de oficio que se aprecia en algunos jóvenes, y una general voluntad de riesgo en la búsqueda de pureza de emoción.

III

Los bichos de Azucena Ocampo son presencias vivas, sentidas en una geometría con huella apenas humana que alude a un misterio delicado de las formas y nos deja una sensación de irreductible otredad del mundo. El maestro Víctor Manuel Hernández aporta breves alardes de la temática y el ritmo de una obra de dimensiones colosales. La ferocidad de sus fantasías aparece acotada con aire de miniatura, casi viñeta narrativa, componiendo un bestiario preocupante de posibles monstruos cotidianos.

Xulián Nava propone variaciones conceptuales minimalistas, con sabor a post modernidad, sobre tres temas, a saber: un altavoz, un perfil de montaña, y una caligrafía en hebreo, y ofrece una serie articulada donde cada pieza refiere a las otras cuatro. Enohelia Mojica ofrece una manera suavemente irónica de contemplar las formas exteriores de las viviendas humanas, sobrepasando la representación y entrando a un juego de líneas y equilibrios en estados de gracia que rozan la epifanía.

IV

Hay veintiséis grabados –una cuarta parte de la muestra– de intención erótica por cinco artistas: Liliana Mercenario, Xóchitl Ponzze, Armando Eguiza, Eko y Sheila Rocha. La serie de la maestra Mercenario se centra en divertidos retratos satíricos de instancias de una sexualidad perversa en la vena del Marqués de Sade, y añade ingredientes de ambigua ternura en su Justine. Xóchitl Ponzze enseña las bocas de los hombres como animales autónomos –¿moluscos?– en la acción de besar, y consigue una apreciable densidad de emociones y sensualidades de olor, sabor, tacto trasladados a un lenguaje visual. En Armando Eguiza he visto una exploración multiforme del cuerpo, con variaciones de sintaxis, como si el artista quisiera definirle algún lenguaje específico a cada presencia. El maestro templa su búsqueda en un abrazo dulcemente materialista de sexualidad arquetípica.

Las cinco imágenes de Eko podrían verse como alegorías de la consumación del deseo y celebración de una glotonería lasciva, con alusiones a geometrías imposibles y ambientes logradamente lúgubres y hasta funerarios. Estos grabados de encanto perturbador son parodia del erotismo y de la gráfica, y los leones del maestro evocan el tema de la descripción de la fiera, tan frecuentado por los grabadores de siglos pasados.

Me suscitó especial entusiasmo la serie de Sheila Rocha. Sin hacer juicios de valor, por los cuales no siento inclinación alguna, el Placer a solas, de I a V, de la artista me produjo sentimientos de admiración. Sin duda, encontré afinidades con mis propias aspiraciones, pero ¿no es eso lo que la serie propone? Esas circunferencias florales, tan elegantes como pecaminosas, ejecutadas en intaglio blanco sobre blanco que encierran cada uno de los Cinco Placeres no podrían ser más graciosas y congruentes. La obra de Rocha enseña esos placeres auto eróticos como un misterio muy propio de la elocuencia del arte: así es.

V

La alegría del encuentro con la gráfica provoca una suerte de felicidad contagiosa en la producción de Humberto Corral, consistente en retratos con una voluntad narrativa dirigida a formar carácter en las presencias evocadas. Evil, la pieza en linóleo de Corral, es paradigma de la enorme fuerza que puede poseer la gráfica pequeña: con trazos seguros y escuetos el artista logra una máscara inolvidable de la maldad coronada.

Respondiendo a una metodología conceptual, Javier Osona presenta una gama amplia de variaciones de estilos gráficos – cada uno de ejecución impecable– sobre tema del cráneo. Osona inserta un contrapunto frío, de sabor forense, en la potente tradición pictórica española de los osarios. La adición de un poema de Federico García Lorca obliga a una lectura de la serie como indagación sobre los cadáveres ocultos en fosas comunes del holocausto franquista. Restos de rostros estudiados en sus detalles, pero sin identidad.

VI

El retrato del otro imaginado-observado es tema muy favorecido por las estampas de Grabadograbado. En vena abiertamente lírica, Eduardo Casillas explora minucioso la topografía de dos rostros en sendos grabados y les saca a flote el alma. Sus otras tres estampas son de Orantes que merecen hagiografía propia. Todos oran en las tinieblas y la luz ingresa a las heridas de la placa por obra de esa oración: obtienen una existencia que enseguida compromete al ojo que se les pone encima, al que exigen complicidad en los misterios.

Los tres grabados de punta seca del acervo de rostros de Iván Gardea extienden los lenguajes clásicos de la forma en términos de técnica y de desarrollo del tema. A fuerza de intensidad de sentimiento viven con embrujo de despojo verdadero, criatura ya de sueños, posible consuelo estético de las pesadillas, pues estos personajes habitan los sueños de la historia del arte, si los hay tales. Las dos estampas en sanguina del maestro Gardea ofrecen un extraño laberinto de entramados para cuajar en cuerpo de mujer que rebosa calidad de materia. Dolorosas en cueros que pesan sobre el papel, hundidas en sus resignados volúmenes, líneas de un tejido de presencia en la sombra: pero ¡qué desnudas están, más aún del alma que del cuerpo!

VII

La serie de Pavel Mora se presenta como pieza unida, una suerte de pentáptico donde todo se cifra en un ritmo de alusiones mutuas entre las imágenes. Obra de factura delicada y sobria, está sometida a una lectura cerebral de la forma: más que imágenes individuales, vemos un discurso sobre la idea del arte, armado por estampas que derivan continuamente una en otra, donde predomina una metodología mentalista.

En los grabados del maestro Francisco Quintanar la palabra es tanto superficie como estructura. Cada estampa nos presenta un abigarrado conjunto de palabras, a medio camino entre el collage y el palimpsesto, y va acompañada de un poema interpretativo, obra de un colaborador literario. La serie se construye en clave de ocres y dorados, un juego de caligrafías arcanas y de estilos gráficos de hace un par de siglos, con una profusión de símbolos que sugiere una mirada post moderna al barroco.

 

VIII

Pido ser disculpado de una frialdad hacia las formas de la post modernidad vigente, que no debe leerse como juicio de valor, algo que está muy lejos de mis alcances o intenciones. Confieso ser objeto de seducción tal vez fácil por los placeres (y las torturas) de la imagen; ¡ni modo! Predilecciones de la vejez. A fin de cuentas, el arte es ilegible, como eso que nace del canto de la flauta. Sea: estas palabras han querido dar resonancia a la noble ofrenda material de un tesoro de delicias para el ojo, y celebrar la presencia de espíritu que anima la primera edición de Grabadograbado. Que los difíciles Dioses de la Gráfica nos hagan la merced año tras año del milagro de tal fiesta.

Ricardo Vinós - Fotógrafo y Escritor.

 
 

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